“Efe’tivamente, no cabe duda qu’er fúrbol es así: unar vece se gana, otrar se pierde… El míster nor dice que, por mucho que protestemo, el árbitro siempre tiene la razóng, y que ‘temo tranquilo, que si trabajamo bieng, lor resultado shegaráng”. De adolescentes, con los amigos, nos gustaba imitar a los jugadores cuando hacían declaraciones, todavía sudados, de camino hacia el vestuario. El uso indiscriminado de adverbios entre resoplidos, de frases hechas y de lugares comunes, el esfuerzo evidente por sonar adultos y profesionales, aliñados por los mil y un acentos y sonsonetes con que se habla el castellano en el mundo del fútbol, vengas de una región de España, de un país de Sudamérica, o de una potencia extranjera, hacían las mil delicias del grupo. Eran gente a quien admirábamos, que practicaban el mismo deporte que nosotros y que hacían el esfuerzo evidente de hablar aseado. Como intentábamos hacer nosotros en clase, seguramente. O en la vida. Han pasado muchos años, desde entonces. Pero esta tensión lingüística entre la espontaneidad del niño, o del hombre de acción, y la solemnidad que se autoimpone delante de un micrófono, entre lo que solo es un juego y su relevancia social, sigue siendo una de las grandes joyas del fútbol. Ver a Gavi desabrochándose en rueda de prensa, por ejemplo, hace un par de meses: “Sí, es cierto lo que dices”, concedió. “Mucha gente se cree que no sé jugar a fútbol. No tienen ni puta idea”.
Al final