Hace años, el verano era sinónimo de ansiar que empezara la Liga. Terminaba el torneo, ya fuera con amargura o éxtasis para tu equipo, y en cuanto acababan las clases te disponías a atravesar un desierto de balón que a veces, solo a veces, se veía interrumpido por unos Juegos Olímpicos o un Mundial, que te atropellaba las vacaciones y veías de reojo en bares furtivos, y de aquella manera, porque se mezclaban con unas vacaciones con tus padres en un camping de Tarragona o de Gijón donde no había televisión.

Seguir leyendo…