En Bagnères de Luchon no ha salido el sol. La lluvia hace acto de presencia por primera vez desde que el Tour de Francia ha llegado a los Pirineos franceses. La ciudad se esconde ante la incomodidad. Pero en las profundidades de la urbe, la presencia mastodóntica de la organización de la carrera más famosa del mundo lo revuelve todo. Apostados en el arcén aparecen centenares de niños y mayores. Familias al completo. De aquí y de allá. Todos sin excepción miran a la curva más cercana mientras se protegen de la lluvia. No vienen los ciclistas todavía. De hecho faltan aún dos horas para que lleguen hasta ese lugar. Lo que esperan, con más entusiasmo si cabe que a los corredores, es a la caravana del Tour. Y llega un zumbido creciente que exalta a los presentes todavía más. Altavoces gritando nombres de marcas y coches disfrazados de todo tipo de productos hacen su presencia. Comienzan las carreras mientras desde lo alto vuelan llaveros, bolsas, sombreros, caramelos. El espectáculo acaba de comenzar. En realidad comenzó en Lille y no terminará hasta París.

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