A los pies del puerto, en Courchevel, todo es confort. La estación de esquí de la élite, donde el lujo tiene acento francés, se rodea de chalets de madera, hoteles de cinco estrellas y pistas de saltos de esquí donde en invierno vuelan los profesionales. Pero toda esa exclusividad se queda desnuda cuando la carretera serpentea sobre la ladera hacia la cumbre. Los árboles ceden ante la roca. 26 kilómetros de cinta de asfalto parecen no tener fin. Ayer, el habitual silencio de una carretera que hasta 2019 no era más que una pista de mantenimiento fue interrumpido por cientos de aficionados. Es el col de la Loze, el puerto más duro de esta edición, que no existía hasta hace cinco años pero que se ha convertido en el mito moderno del Tour a marchas forzadas. 

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