Una final siempre es una culminación. De un camino y de un sueño que se hace realidad. De un trabajo y de un objetivo. De mucho más que un mes de verano, de todo un proyecto. Seguramente es un día que vale una carrera. Pero si encima el contrincante al que debes derrotar es tu viejo conocido y ­peor contrincante, la final es un duelo a cara de perro y adquiere tintes de drama, se convierte en un juego de tronos, en una pugna de poder a poder.

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