La primera vez que celebré a un equipo que no era mío, con toda la liturgia, fue en el derbi de Soweto, un Orlando Pirates contra los Kaizer Chiefs. Mi amigo Mophethe llevaba meses insistiéndome en acompañarle al estadio a ver ganar a los Piratas y cada vez que me veía cruzaba las muñecas frente al pecho con los puños cerrados, imitando el símbolo del escudo de su equipo. Mophethe le ponía tanta solemnidad a aquel gesto que, aunque más que un fan entregado parecía un señalero de aeropuerto, me enterneció su insistencia y accedí a acompañarle a ver el partido. No recuerdo demasiado el encuentro y no descarto que acabara 0-0, pero no olvidaré jamás la mutación de mi colega. En cuanto pitó el árbitro, Mophethe se transformó en un hooligan desbocado que celebraba los córners y hasta algún resbalón. Evidentemente, me contagió. Conseguí unas banderitas, me pinté dos líneas negras en la cara como si fuera un Rambo del Hacendado y en el minuto quince crucé las muñecas con los puños cerrados y seguí así hasta el minuto 92. Desde entonces, si me preguntan, soy de los Orlando Pirates a morir.

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