Los seguidores de cualquier club inglés (excepto los que ya tienen uno, que no son pocos) sueñan con un mecenas que les saque de las penurias, gaste a troche y moche en su capricho y lo eleve a la categoría excelsa de los que compiten por los títulos. No importa que sea norteamericano, ruso o saudí, y que venga o no de un país donde se respetan los derechos humanos, no se ejecuta en la plaza pública ni se descuartiza a los disidentes, es lo de menos. Lo que importa es ganar.
No existe el mecenas perfecto en Newcastle