A Issidra le salvó la vida un arbusto denso y la suerte. Fue el único de sus nueve hermanos con fortuna: hace tres años, un grupo yihadista entró a su aldea en el sureste de Burkina Faso y asesinó a 87 personas, entre ellos a toda su familia. Issidra salvó la vida porque cuando escuchó los tiros y vio el humo de las chozas incendiadas, se escondió en el bosque. Desde su arbusto, vio como los barbudos disparaban a quemarropa a hombres, mujeres y niños que se habían ocultado apresuradamente entre la maleza. Aquel día, Issidra huyó al norte de Benín, donde reza para que el cáncer del yihadismo, que se expande por Mali, Burkina Faso y Níger, no atraviese la frontera sur.

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