Acostumbrados a sufrir, el partido contra el Getafe nos reconcilia con el placer de una victoria que, sin ser plácida –hoy todo es difícil–, reconforta. Los reproches acumulados invitan a los más fatalistas a guardarse las ganas de contar más las oportunidades falladas de Raphinha que los aciertos. Con espíritu de tregua oportunista, entienden que el brasileño fue crucial para encauzar un buen resultado y una eficacia atacante que contradijo el manual de instrucciones –cuadrados, hipotenusas, logaritmos a pierna cambiada– que ya no entendemos ni nosotros. El equilibrio entre esfuerzo y eficacia también depende, seguro, del acierto del rival. Pero el sábado dio la impresión de que el equipo salía al campo con una humildad resolutiva, distinta a la de otras jornadas en las que la indolencia, la saturación mental y la gestión de los egos definían lo que veíamos sobre el césped.
Sin reproches (la tregua)