Dani Arce, una de las bazas más sólidas del renovado atletismo español, tenía una cuenta pendiente con las grandes citas; le faltaba en su palmarés un gran resultado que le catapultase entre los mejores. La final de los 3.000 obstáculos del Europeo de Roma, a la que había accedido por la puerta grande, era la oportunidad de su vida de trascender, de hacerse un nombre y ganarse el respeto. Básicamente, porque Arce era el gran favorito al oro a los puntos: tenía de mano la mejor marca del año, el número uno del ranking europeo y el mejor crono en las series clasificatorias.

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