Se acerca el desenlace de la Eurocopa, una competición que nos permite sumergirnos en una cultura futbolística que va más allá de las adhesiones domésticas. Banderas, himnos, aficiones y patriotismos diversos conforman un contexto y una demanda de estímulos que no siempre se ve correspondida por la oferta. Francia, por ejemplo, ha jugado con una mezquindad soporífera, mientras que Austria e incluso Rumanía han ofrecido momentos interesantes. El estímulo continuado lo ha mantenido la selección española, que ha sabido controlar su entorno más tóxico con la única solución posible: ganando, jugando bien y aportando giros narrativos como el extraordinario gol de Mikel Merino.

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