ANTES. En la radio, Manolo Lamas grita “¡Gibraltar español!” justo antes de que suene un himno que los aficionados españoles siguen sin saber cantar (nunca recuerdan el orden de las estrofas). La consigna es una ironía autoparódica. En la práctica tiene la misma intención que cuando se gritaba en serio: fomenta patriotismos de fácil combustión. En las gradas, 71.000 aficionados que han pagado el precio de unas entradas que no tienen nada que ver con la identidad, en principio popular, del fútbol. En el palco, reyes, presidentes y mandamases de multinacionales. Todos contribuyen a un espectáculo televisivo que desmiente los diagnósticos sobre el fin de la televisión generalista y que confirma la naturaleza deliciosamente incierta del fútbol.

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