Servidumbre de la edad: vivir la evolución de las camisetas y constatar cómo han pasado de ser símbolos a una insaciable fuente de ingresos. En Pamplona el equipo estrenó nueva camiseta –perdón: equipación– que, para digerir la voracidad del marketing, necesita relato propio. Se trata de un sermón vagamente feminista perpetrado por un amante de la autoayuda low cost. La sororidad poseída por un traficante de sandeces. En la práctica, una camiseta es una camiseta y esta, además de una propuesta cromática no apta para daltónicos, incluye los elementos que identifican a todos los clubs: los logotipos de los patrocinadores –un Nike mutante como fabricante; Spotify como anunciante– y el escudo. La necesidad ha cambiado nuestra relación con la camiseta. Antiguamente, podías tener una y gracias y la conservabas con una lealtad hereditaria. Después –algunos lo vivimos con los hijos–, la idolatría carnívora estableció que había que comprar una nueva cada temporada y, a medida que crecían, acumularlas en armarios que cuando eran pequeños estaban ordenados y que, con los años, han degenerado en un caos que haría enloquecer a Marie Kondo (eso cuando no las venden por Wallapop para poder comprarse un arma blanca).
Jugo simbólico de camiseta