El desigual combate entre un envejecido Mike Tyson y el youtuber Jake Paul en Arlington (Texas) ha sido, indudablemente, el mayor espectáculo deportivo del fin de semana, por encima del desenlace del Mundial de MotoGP o cualquiera de los partidos de selecciones de fútbol. El acontecimiento transmitido por la plataforma Netflix fue visto en sesenta millones de hogares de todo el mundo y puso de manifiesto el enorme potencial de captación de las redes sociales, ­cuyos protagonistas alcanzan una popularidad entre la juventud que supera con creces la que en su mejor momento otorgaba la televisión convencional. Pero por mucha pátina que se le quiera dar al acontecimiento, este no pudo ser más lamentable que ver arrastrarse por el ring a los restos de quien fue hace más de treinta años el campeón del mundo más joven de la historia de los pesos pesados, enfrentado a un ambicioso rival que contemplaba el acontecimiento como una de las mejores maneras de sumar más adeptos a su millonaria legión de seguidores.

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