Hubo un tiempo en el que el nombre de Pep Guardiola acongojaba al madridismo. Pronunciar su apellido, además de enervar al personal blanco, anticulé cuando no en parte catalanófobo, lo tensionaba porque se podía esperar cualquier truco táctico del técnico de Santpedor que acabaría sometiendo al Real Madrid. Era la bestia negra, el enemigo público número uno del merengue y la caverna.
El jardín de Pep Guardiola se marchita