Aprovecho este espacio para hacer terapia: no acabo de adaptarme a la intensidad del calendario. El Barça juega tan a menudo que no tengo tiempo de digerir las emociones de los partidos. Dejé de seguir el baloncesto por la misma razón: juegan tanto que es imposible ordenar los mecanismos de la militancia y la lealtad. Con el Barça de fútbol, paso de la alegría (hace cuatro días con partidos memorables) a la inquietud de ver partidos espesos como los jugados contra el Rayo y, el sábado, contra el Las Palmas. Pero seguimos adelante con la satisfacción de los puntos, sin la sofisticación crítica – el cómo antes del qué– que, no hace tanto, aplicábamos a Luis Enrique, Valverde, Setién, Koeman o Xavi.

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