El tratamiento mediático de los grandes espectáculos deportivos establece que se aproveche tanto la alegría del ganador como la tristeza del perdedor. Depende de qué bando seas, la final de la Champions femenina de Lisboa interpreta los estados de ánimo con un criterio variable. Como el Barça perdió, se aplicó el protocolo de la desolación. Es un criterio que necesita lágrimas y exige que, sin darles tiempo a digerir la derrota y refugiarse en un mínimo espacio de intimidad, las perdedoras analicen públicamente el porqué de una derrota que tiene que ver más con la gestión de las expectativas que con la estricta narrativa del partido. Algunas jugadoras lloraban y, torturadas por el deber de tener que hablar, se les rompía la voz y el alma comentando cómo habían perdido una final que, en realidad, ganaron las futbolistas y los técnicos del Arsenal. Este espectáculo también exprime la tristeza de los aficionados y los busca para, como una guarnición, ilustrar la actualidad con el valor de la misma espontaneidad que, cuando el Barça gana, colapsa Canaletes. ¿La tristeza más auténtica? La de los autobuses llenos de aficionados que, de madrugada, volvían de Lisboa con una silenciosa, leal y colectiva dignidad.

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