Aún tengo imágenes detrás de los ojos, de las más de cinco horas de tenis entre Jannik Sinner y Carlos Alcaraz. Más allá de la resistencia física y la belleza y dificultad del juego, se me queda la importancia de las reglas y las líneas blancas que delimitan el juego, las dobles faltas y los errores no forzados, la red y las disculpas, la aceptación del silencio en un momento dado por parte de la grada. El respeto unánimemente a todo eso, a ese entramado de normas y costumbres, la elegancia del ritual, el hambre competitiva y la admiración de los dos jugadores, así como el celo con el que se aceptaban unas normas imprescindibles para que pudiera existir el juego, las matemáticas y la física al servicio del talento y el oficio.
En el caos no hay error