Las expectativas no eran elevadas. En pleno relevo generacional España se plantaba en el Europeo con la misión de trabajar para el futuro. La mitad del equipo debutaba en un gran campeonato con la selección. Nada que ver con las leyendas del pasado, como Laia Palau o Sílvia Domínguez. Se trataba de que las mujeres dirigidas por Miguel Méndez fueran cogiendo poso para los próximos años. Desde este punto de vista el torneo de las españolas ha estado muy por encima de lo que se esperaba y ha enseñado el buen hacer que se viene realizando desde hace dos décadas tanto en la federación como en los clubs, muchas veces con unos medios no demasiado boyantes. Eso es lo que debe quedar detrás de los lamentos, de las lágrimas, de la lógica decepción por echar a perder una final que estaba prácticamente en la mano.
Lo que queda tras las lágrimas