El hombre vino asustado hacia mí, dispuesto a delatar al diablo. Yo había llegado una semana atrás a una República Centroafricana rota, que se retorcía en una guerra civil desencadenada, donde hermanos y vecinos se mataban sin piedad. Aquel hombre, dueño de una tienda de móviles, me vino a buscar porque tenía pruebas de la maldad: un joven rebelde, me contó, había ido a su tienda a exigirle que liberara la memoria de su móvil porque ya no tenía espacio para más fotos. Al descargar el contenido, encontró imágenes de torturas y de ejecuciones, así que copió disimuladamente aquellas pruebas en un pendrive y me lo entregó para ver si podía hacer algo. Al regresar a mi habitación y descargar el USB en mi ordenador, me hundí en un mar de atrocidades, donde aparecía el rebelde sonriente en primer plano junto a cadáveres frescos o heridas abiertas. Pero junto a aquellas fotos negras, había otras humanas: aquel mercenario conservaba fotografías de sus amigos de adolescencia, vídeomensajes de amor a su novia o fotografías de un bebé, quizás su hijo o un sobrino, rodeado de corazones. También había fotografiado unas flores lilas especialmente bonitas.

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