A estas alturas de su carrera deportiva (27 años), ya nada de lo que haga Kylian Mbappé va a sorprender. Dentro del campo, es un goleador empedernido (444 goles) capaz de hacer cualquier cosa fuera del imaginario. En el vestuario, es una figura paradójica. Su ascendencia y liderazgo no se ajustan a lo que se espera de él (el famoso vídeo de Luis Enrique en París rogándole implicación defensiva), y le persigue el mantra de que cuanto más crece su aura peor le van las cosas a sus equipos: el PSG fue doble campeón de Europa tras su marcha, el Real Madrid acumula dos años sin títulos (al margen de los que arrastraba del curso anterior al que llegó, la Supercopa de Europa y la Intercontinental de la FIFA) y con Francia, Mbappé fue campeón del mundo con 19 años, subcampeón con 23 y cuarto clasificado con 27. 

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