En el viaje al absurdo que ha emprendido el fútbol español, la selección se enfrentó a Colombia en Londres, que cobró el ambiente de Barranquilla, escenario habitual de los partidos del equipo sudamericano. La masiva presencia de sus aficionados contrastó con la escasa de los españoles, cuya comunidad en Londres se acerca a los 200.000. Apenas les interesó la presencia del equipo nacional, que nunca se ha distinguido por su capacidad de movilización. En estas cuestiones, España no es Inglaterra, Argentina o Italia, por citar tres potencias futboleras que arrastran a su gente por donde vayan. Colombia se sintió más cómoda en el escenario y jugó mejor, con más decisión y más entereza. Es un buen equipo que no pierde un partido desde hace dos años. Dispone de jugadores competentes, atléticos y bien compenetrados, gente de oficio y una estrella indiscutible: Luis Díaz, el fenomenal delantero del Liverpool que apareció hace unos años en el Oporto sin el menor ruido. Ahora es un diablo del regate, alimenta una considerable cantidad de goles y funciona con una admirable aspereza competitiva. Luis Díaz juega cada partido con el Liverpool y con Colombia como si fuera el último de su vida. Llevó a la defensa española a un calvario.

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