El fútbol es terco y burlón, material indescifrable para los obsesos del control, la métrica, la data, los protocolos, toda la batería, en fin, de medidas para someterlo. Prevalece aún su afán por contrariar a los empeñados en achicarlo, que son legión, desde el vértice de la pirámide –sus gobernantes– hasta un considerable espectro de su base, los aficionados que aceptan sin rechistar las modificaciones que afeitan el juego.
A mí, que me registren