El PSG lleva años llamando la atención del Barça como un niño consentido, ansiando de la afición azulgrana un trozo del odio que siempre le dispensó al Real Madrid. La grandeza de un club prefabricado en origen como el parisino se consigue a base de títulos (con Luis Enrique ya los tiene) y equiparándose a los demás en todos los aspectos. Los equipos históricos generan clubs antagónicos pero al PSG no le bastaba con la antipatía de tres cuartos de Francia. Así que, cuando el Barça (su gente, no los directivos), abominaron de Qatar, el país dueño del PSG agarró la excusa y se vengó. La persistente lluvia de torpedos lanzada desde entonces no hace falta recordarla. Anoche cayó otro porque ganar en el último suspiro hunde más que nada al rival. Son buenos sus futbolistas, les guía un carismático líder en el banquillo, pero nunca serán admirados por estos lares debido a la gente que les acompaña en los desplazamientos, extensión incivilizada de lo que transpira la entidad. Se han salido con la suya, eso sí, han logrado lo que buscaban.

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